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El espectador

 

[CUENTO] La cámara se engolosina con la sombra de las cumbres, con las asperezas del farallón, con lo pequeño que se ve el protagonista en la ladera. El ascenso parece fácil hasta que un montón de piedras rueda hacia él. Elude el peligro a duras penas. Se asusta: ignora que esas rocas están hechas de blando poliestireno y que la espigada montaña, de la que teme despeñarse, es solo un poco de plástico sobre un armazón de madera de tres metros y medio de altura. Su memoria es la del guion, que define y limita la realidad.

Busca un artefacto legendario que está cerca de la cima. Un sabio le ha dicho que puede usarlo para destruir al demonio que asoló a su reino y secuestró a su reina. Divisa una cueva y se adentra en ella. Los técnicos de efectos visuales disimulan la impericia de los escenógrafos al accionar, en ese momento, la máquina de humo (más tarde, los editores insertarán un sonido burbujeante, como de fluidos peligrosos que conviene evitar). El protagonista jadea. Está convencido de que la escalada le ha tomado medio día y de que ahí dentro hace calor. No suda porque eso no fue previsto por el equipo de producción. El fulgor volcánico que ilumina las supuestas paredes de granito no proviene de un río flamígero sino de un puñado de lámparas con tapas de celofán anaranjado.


A pesar de la batalla de la víspera, de las largas horas de cabalgata y del penoso ascenso por el risco, su peinado con gomina luce intacto y sus prendas, como nuevas. La espada larga en la cintura ni le pesa ni le estorba, como si el acero de verdad tuviera la ligereza del acrílico pintado. Al transponer el umbral un fogonazo lo intercepta, pero ni su barba ni sus pestañas se le queman. Tiene miedo, pero confía: si ha llegado ileso hasta ahí, quizá sea cierto eso de que es un elegido. Una figura de geometría tosca, que no puede ser natural, llama su atención desde el fondo de un estanque en el que algo hierve. Su mano limpia remanga la impecable camisa negra. La otra mano se introduce en esa sopa densa y colorada. Una fanfarria wagneriana tranquiliza a los espectadores, que ya han visto muchas películas y saben bien que esa clase de música no acompañaría nunca una escena de tormento. Recoge la pieza, la alza hasta la altura de sus ojos y la costra burda que la recubre se desprende y cae sobre el cartón piedra de la cueva, revelando su auténtica apariencia: una estrella de oro con una daga retráctil en cada una de sus puntas. La cámara lenta y los destellos agregados en postproducción permiten que la escena conmueva a todos los niños de la sala. Uno de ellos, que no ha tocado la canchita tibia ni la cocacola helada que sus padres le han comprado, se promete ver esa cinta mil veces más, aunque aún no sabe cómo terminará. Soñará esa noche que es el héroe y, al despertar y recordar su sueño, jurará que, cuando llegue a la edad de tener barba y espada, también luchará contra cualquier monstruo que intente hacerle daño.

En su cuaderno cuadriculado dibujará el perfil de la cueva, con la mano del héroe recogiendo el bumerán de cinco puntas. La crayola amarilla sugerirá el oro. La roja, el fuego. La negra, el suspenso. Contemplará luego el resultado y sentirá que sus garabatos son indignos de lo que la pantalla le mostró en la víspera. Correrá hacia la cocina para interrumpir una fea discusión entre sus padres y les dirá, mostrándoles el dibujo, que deben volver al cine cuanto antes porque, como pueden ver, se está olvidando de esa escena memorable. Pero el cine era, en esos años, algo tan caro y semestral que, cuando por fin logra convencerlos, todas las salas proyectan otros filmes. No existían aún ni el Betamax ni el VHS ni los aniversarios para frikis en los que los clásicos se muestran en funciones de trasnoche, así que cualquier esperanza de volver a ver la cinta depende de los caprichos del televisor, que pasa películas viejas los sábados por la tarde. Pero ¿cuánto hay que esperar para que una película sea vieja? Aunque consulta durante varios meses la programación de los canales en el periódico nunca lee ahí el título inolvidable. Le desalienta comprobar que sus compañeros de la escuela no hayan escuchado nunca nada acerca de ese filme de nombre extraño. O que en las tiendas no se vendan juguetes con el merchandising que la película merece. ¿Te acuerdas de esa escena?, le pregunta a veces a su madre antes de describírsela. Pero los “sí me acuerdo” de ella suenan cada vez más cansados y mentirosos. Un día se le ocurre que el filme solo se preservará si se proyecta, con cierta frecuencia, en el imaginario écran de la pared de su cuarto. En esas funciones privadas, que alucina con los ojos abiertos, cambia —sin intención o con ella— el orden cronológico de los sucesos de la trama. También revisita las secuencias con nuevos ángulos de cámara, inserta efectos de sonido más aterradores e incorpora nuevos personajes. Las escenas cortas, se prolongan. Las que incluyen conversaciones largas y romances aburridos, se eliminan. Con el tiempo, el filme de su memoria es reemplazado por el filme que se ha inventado.

Transcurren 35 años. Sus intereses, proyectos y afectos son ahora grises y convencionales. Pero un día, al regresar de una fallida entrevista de trabajo, reconoce en una vitrina del Centro Comercial Arenales un afiche vintage que luce el arma prodigiosa. Aunque el diseño es tosco y hechizo, el niño que malvive dentro de él —y que se avergüenza de aquello en lo que se ha convertido— toma, por primera vez en años, el control. Robando el wifi de los vecinos se obliga a buscar información de la película. Se topa con críticas hostiles en las webs cinéfilas, testimonios sobre su sonado fracaso en las taquillas y las biografías de los actores olvidados. Tras varios intentos fallidos, logra dar por fin con una copia pirata del filme. La descarga, con un entusiasmo primitivo y visceral. Se prepara para la velada, con una bolsa de canchita fría que compra en la esquina y una botella de cocacola tibia de la bodega.

No hay solemnidad ni pasión en ese reencuentro. Constata que, si bien los personajes son creíbles y la música, excelente, la mezcla no convence ni concreta. Se nota que el castillo es de cartón, que los focos fluorescentes simulan mal la luna en las escenas nocturnas y que los extras de la batalla del pantano no luchan y se dejan matar. Una ligera picazón en la mano, un lejano claxon y una silla que se arrastra en el departamento de al lado interrumpen con facilidad su inmersión en la pantalla, como si él mismo no se creyera su propio guion. Algo llamea todavía en la escena de la cueva, pero esta no puede superar a la que ha creado su nostalgia. Incluso el happy end tiene un regusto traidor. Entiende —una vez más— que una expectativa exacerbada arruina el acto. Recostado sobre el catre, apaga la luz y mira el techo del cuartucho en el que vive. Ahí proyecta su enésima versión del filme. El héroe muere en los minutos iniciales del metraje. 


Pablo Ignacio Chacón, 2021

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