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El camino de Emma

Me pasó algo curioso con el primer tercio de Madame Bovary. Hasta el capítulo IV de la Primera Parte, todo iba perfecto. Pero luego de la boda de Emma, a medida que su vida se vuelve rutinaria y empieza a compararse con las heroínas de los libros que lee y se deprime y las acciones de la historia son sustituidas por la descripción de sus estados de ánimo, mi interés por la novela se esfumó. Pucha, me dije, ¿y ahora? ¿Qué hago? ¿Sigo no más? El problema es que había leído un prólogo de Vargas Llosa en donde contaba que, cuando él se enfrentó a Madame Bovary por primera vez, se quedó atrapado como con ningún otro libro en su vida. Y a mi me estaba dando sueño... ¡Vergüenza! Como se imaginarán, me entró la depre culturosa y se me ocurrió que si yo no era capaz de disfrutar este libro entonces sólo servía para leer Ume o Condorito.

Pero luego me acordé que Papá Borges decía que si no puedes con un libro, simplemente lo dejes; a lo mejor no se ha escrito para ti y no debes hacerte paltas ni sentirte mal. Total, nadie se va a enterar... A menos que pretendas contar en tu blog  que no pudiste la Bovary... (eso no puede pasar ¡Nadie cuenta sus gatillazos!). En fin. Si tienes la indulgencia del único D10s argentino, puedes dejar de leer sin culpas.

Y ya. ¿Fin de la historia? No. Seguí leyendo ¿Por qué? ¿Para ganar una apuesta? ¿Por posero? ¿Para inmolarme? Nada de eso. Había algo fascinante en los párrafos que había leído, algo que no tenía relación con los insufribles rollos existenciales de Emma Rouault: Las palabras que Flaubert usaba para contarlos.



Y es que el autor se esmera, es detallista y minucioso, y eso le permite transmitir brevemente ideas muy complejas, con contundencia y poesía. Un ejemplo: Eloísa, primera esposa de Charles Bovary, regaña a su marido y le pide que nunca más regrese a la granja en donde vive la joven Emma, de la que Charles se ha enamorado. Fíjense todo lo que el autor transmite en un parrafito. :  
Charles obedeció; pero la audacia de su deseo protestó contra el servilismo de su conducta y, por una especie de hipocresía ingenua, decidió que esta prohibición de ver a Emma le daba el derecho a amarla. (Página 14)
La novela está llena de ese tipo de frases, que yo tenía que releer, no porque no entendiera su sentido, sino porque quería descubrir cómo diablos se hace para expresar una idea con tanta claridad. Se me ocurrió que si masticaba bien esas lecciones, a lo mejor yo mismo aprendía a escribir (algún día). Porque hay cada frase... Miren ésta:   
Acostumbrada a los ambientes tranquilos, se inclinaba, por el contrario, a los agitados. No le gustaba el mar sino por sus tempestades y el verdor sólo cuando aparecía salpicado entre ruinas. (Página 27)
O ésta otra, que define perfectamente el carácter siempre insatisfecho de la protagonista. Alude a la atracción que ella siente por el joven León Dupuis.
Estaba enamorada de León, y buscaba la soledad, a fin de poder deleitarse más a gusto con su imagen. Pero su presencia turbaba el goce de aquella meditación. Emma palpitaba al ruido de sus pasos; pero después, en su presencia, la emoción decaía, y luego no le quedaba más que un inmenso estupor que terminaba en tristeza.(Página 73)
Sabemos que el aspecto de Emma Bovary recuerda el retrato de La Odalisca (en la imagen) del pintor francés Jean Auguste Ingres, Es lo que sugiere el personaje de León en la novela. 
Hasta que finalmente...

Así que estaba en eso, mi lectura se había convertido en un interesante trámite educativo, pero no en el entretenimiento que debería ser... hasta que ocurrió el milagro. Nunca una historia había tardado tanto en engancharme. Pero a partir de la irrupción del personaje de Rodolfo Boulanger (un patán que, a diferencia de León, logra seducir a Emma) todo lo anterior cobró sentido. Rodolfo abre la caja de Pandora y se desata la tempestad. Como para entonces yo ya conocía de sobra a la Señora Bovary (soñadora, ansiosa, sensual, irresponsable, voluble, bipolar, inconformista, injusta, en fin, una loca de mierda) el autor no tiene que explicar nada y las aventuras de esta nueva etapa de su vida fluyen, inquietan y conquistan. Sin el largo preámbulo la historia de Emma quizá hubiera resultado inverosímil. 

Gustave Flaubert (1821-1880)
 
Juegos de palabras

A partir de esos momentos el narrador se vuelve más audaz. Ya no son sólo argumentaciones ingeniosas con las que juega, sino la estructura misma del relato. En el capítulo VIII de la segunda parte, por ejemplo, mientras la Feria Agropecuaria se desarrolla en la explanada del pueblo, Emma está en un edificio con Rodolfo jugando al gato y al ratón. El autor alterna las dos escenas en su narración : 1) la de afuera, es decir, la de los discursos de premiación a los agricultores, y 2) la de adentro, que es el diálogo de los amantes. Al principio se muestran bien separados los cambios de perspectiva. Pero poco a poco, a medida que la intensidad de la escena de la pareja va aumentando, Flaubert hace más breve las transiciones, juntando y luego mezclando ambos espacios y tiempos, en uno solo. Este tipo de juego, que sería bien explotado por los chicos del Boom y por el cine, tiene ya 150 años pero sigue siendo deslumbrante:

El señor Derozerays se levantó y comenzó otro discurso. El suyo quizás no fue tan florido como el del consejero; pero se destacaba por su estilo más positivo, es decir, por conocimientos más especializados y consideraciones más elevadas. Así, el elogio al gobierno era mucho más corto; por el contrario, hablaba más de la religión y de la agricultura. Se ponía de relieve la relación de una y otra, y cómo habían colaborado siempre a la civilización. Rodolfo hablaba con Madame Bovary de sueños, de presentimientos, de magnetismo. Remontándose al origen de las sociedades, el orador describía aquellos tiempos duros en que los hombres se alimentaban de bellotas en el fondo de los bosques, después abandonaron las pieles de animales, se cubrieron con telas, labraron la tierra, plantaron la viña. ¿Era esto un bien, y no habría en este descubrimiento más inconvenientes que ventajas? El señor Derozerays se planteaba este problema. Del magnetismo, poco a poco, Rodolfo pasó a las afinidades, y mientras que el señor presidente citaba a Cincinato con su arado, a Diocleciano plantando coles, y a los emperadores de la China inaugurando el año con siembras, el joven explicaba a Emma que estas atracciones irresistibles tenían su origen en alguna existencia anterior. 
—Por ejemplo, nosotros —decía él—, ¿por qué nos hemos conocido?, ¿qué azar lo ha querido? Es que a través del alejamiento, sin duda, como dos ríos que corren para reunirse, nuestras inclinaciones particulares nos habían empujado el uno hacia el otro.
Y le cogió la mano. Ella no la retiró. 
«¡Conjunto de buenos cultivos!» —exclamó el presidente. 
—Hace poco, por ejemplo, cuando fui a su casa…  
«Al señor Bizet, de Quincampoix». 
—¿Sabía que os acompañaría?
«¡Setenta francos!».
—Cien veces quise marcharme y la seguí, me quedé. 
«Estiércoles».
—¡Cómo me quedaría esta tarde, mañana, los demás días, toda mi vida! 
«Al señor Carón, de Argueil medalla de oro». 
—Porque nunca he encontrado en el trato con la gente una persona tan encantadora como usted. 
«Al señor Bain, de Givry-Saint Martin!». 
—Por eso yo guardaré su recuerdo. 
«Por un carnero merino…» 
—Pero usted me olvidará, habré pasado como una sombra. 
«¡Al señor Belot, de Notre Dame!…» 
—¡Oh!, no, verdad, ¿seré alguien en su pensamiento, en su vida? 
«¡Raza porcina, premio ex aeguo: a los señores Lehérissé y Cullembourg, sesenta francos!». 
Rodolfo le apretaba la mano, y la sentía completamente caliente y temblorosa como una tórtola cautiva que quiere reemprender su vuelo; pero fuera que ella tratase de liberarla, soltarla, o bien que respondiese a aquella presión, hizo un movimiento con los dedos; él exclamó:
—¡Oh, gracias!, ¡no me rechaza!, ¡es usted buena!, ¡comprende que soy suyo! ¡Déjeme que la vea, que la contemple!
Una ráfaga de viento que llegó por las ventanas arrugó el paño de la mesa, y en la plaza, abajo, todos los grandes gorros de las campesinas se levantaron como alas de mariposas blancas que se agitan. (Páginas 97-98)

Una cosa así no sería posible si el narrador no se hubiera retirado a una posición absolutamente imparcial, desde donde tiene la libertad de contar todo lo que quiera. El narrador nunca mete su cuchara, no juzga, no opina. Se dedica a narrar y deja que los personajes y las acciones se expresen solos. Los críticos siempre resaltan que esa es una de las grandes innovaciones de la obra aunque, como se hizo común en la literatura posterior, no resulta tan obvia para un lector contemporáneo.

Emma, desatada

A estas alturas de la historia yo ya sentía lástima por Emma. De mi indiferencia inicial no quedaba nada. No sé en qué momento dejó de ser, para mí, esa tipa insufrible que no sabe lo que quiere y se convirtió en una entrañable víctima de su propia búsqueda de libertad. Es que no sabe "hacerla", es imprudente, oye chica, me provocaba decirle, si sigues así vas a terminar mal, ¡cálmate un poco!, ¿qué estás haciendo con tus finanzas? Vas a arruinar a tu familia. ¿Y la prudencia? Te van a descubrir. Pero creo que aunque Emma tuviera un amigo sincero (es, en el fondo una mujer muy sola) no haría caso de ningún consejo que le diera, porque ella lo quiere todo. Lo terrible es que cuando consigue alguno de sus objetivos se decepciona de inmediato con el resultado. Cada uno de sus triunfos termina aburriéndola y abatiéndola.
Ya no empleaba como antes aquellas palabras tan dulces que la hacían llorar, ni aquellas vehementes caricias que la enloquecían; de modo que su gran amor en el que vivía inmersa le pareció que iba descendiendo bajo sus pies, como el agua de un río que se absorbiera en su cauce. Y percibió el fango. (Página 112)
"El muelle de Paris de Rouen", pintura del holandés Johanes Bosboom. Al fondo se ve la catedral de la ciudad normanda. Rouen (Ruán) es uno de los escenarios principales de la tercera parte de la novela de Flabuert. La pintura está fechada en 1839 y puede decirse con cierta propiedad que refleja el tiempo narrado en la novela. (Imagen : wikimedia commons)

Pobre Emma. Es cierto que otros "se aprovechan de su nobleza" pero la que se busca los problemas, obsesivamente, es ella. Quiere ser libre y feliz, pero no puede mantenerse fiel a su objetivos, cambia de opinión constantemente y lo único de lo que está segura es que cada cosa que logra es insuficiente. Por si fuera poco, sus aventuras no hacen sino causar daño y todo tipo de problemas a los demás. A pesar de eso yo no podía dejar de apreciarla, preocuparme cuando algo le salía mal o entusiasmarme cuando lograba cometer alguna de sus fechorías. Como en aquella inolvidable escena del carruaje en la ciudad de Rouen... Emma ha ido personalmente a entregarle una carta a León para pedirle que la deje en paz (Qué descaro ¿no? Se pasó media novela calentando al chico ¡y ahora le pide que lo deje!). Pero León, toma (por fin) el control de la situación:


—¿Adónde va el señor? —preguntó el cochero.
—¡Adonde usted quiera! —dijo Léon, empujando a Emma dentro del coche.

Y el pesado trasto se puso en marcha. Bajó por la calle Grand-Pont, cruzó la Place des Arts, el Quai Napoléon, el Pont-Neuf y se detuvo en seco delante de la estatua de Pierre Corneille.

—¡Siga! —dijo una voz que salía del interior. Arrancó el coche de nuevo, y, dejándose llevar, siguió cuesta abajo desde el cruce de La Fayette y entró a galope tendido en la estación del ferrocarril.

—¡No, siga recto! —gritó la misma voz. El coche salió de las verjas, y enseguida, una vez llegado a la alameda, trotó despacio entre los grandes olmos. El cochero se enjugó la frente, se puso el sombrero de cuero entre las piernas y sacó el coche fuera de los paseos laterales, hasta la orilla del agua, junto a la hierba. Siguió a lo largo del río por el camino de sirga pavimentado de piedras apiladas sin argamasa, y, durante largo rato, por la parte de Oyssel, pasadas las islas. Pero de pronto echó a correr a través de Quatremares, Sotteville, la Grande-Chaussée, la calle d’Elbeuf, y se paró por tercera vez delante del Jardín Botánico.

—¡Que siga! —exclamó la voz más furiosa todavía. E inmediatamente, reanudando su carrera, pasó por Saint-Sever, por el Quai des Curandiers, por el Quai aux Meules, una vez más por el puente, por la Place du Champ-de-Mars y por detrás de los jardines del hospicio, donde unos viejos de chaqueta negra paseaban al sol, a lo largo de una terraza toda verdecida de hiedra. Volvió a subir Bouvreuil, recorrió el bulevar Cauchoise, luego todo el Mont-Riboudet hasta la cuesta de Deville. Volvió atrás; y entonces, sin plan ni dirección, al azar, vagabundeó de acá para allá. Fue visto en Saint-Pol, en Lescure, en el monte Gargan, en La Rouge-Mare y en la Place du Gaillard-Bois; en la calle Maladrerie, en la calle Dinanderie, delante de Saint-Romain, Saint-Vivien, Saint-Maclou, Saint-Nicaise — delante de la Aduana — en la Basse-Vieille Tour, en Les Trois-Pipes y en el Cementerio Monumental. De vez en cuando, el cochero lanzaba desde el pescante miradas de desesperación a las tabernas. No comprendía qué furia de locomoción impulsaba a sus pasajeros al rehusarse a detenerse. A veces él lo intentaba, pero no tardaba en oír a su espalda exclamaciones de cólera. Entonces fustigaba con más fuerza a sus dos pencos bañados en sudor, pero sin fijarse en los baches, tropezando acá y allá, sin importarle nada, desmoralizado y casi llorando de sed, de cansancio y de tristeza.

Y en el puerto, en medio de carruajes de carga y de barricas, y en las calles, en la esquina de los guardacantones, los vecinos se quedaban atónitos ante aquella cosa tan inusitada en provincias, un coche con las cortinillas echadas, que reaparecía una y otra vez de aquella manera, más cerrado que una tumba y dando tumbos como un barco. Luego, en mitad del día, en pleno campo, cuando el sol pegaba con más fuerza contra los viejos faroles plateados, una mano desnuda pasó bajo las cortinillas de tela amarilla y tiró unos pedacitos de papel, que se dispersaron al viento y fueron a caer más lejos, como mariposas blancas, sobre un campo de tréboles rojos en flor.

Luego, a eso de las seis, el coche se detuvo en una calleja del barrio Beauvoisine, y de él se bajó una mujer que caminaba con el rostro cubierto con un velo, sin volver la cabeza.(Páginas 160-161)
Esta escena causó tensiones entre Flaubert y los editores de la revista en donde se estaban publicando los capítulos de la novela. Inicialmente se negaron a publicar esta parte.  "Es irreproducible", le dijeron, temiendo la furia de la censura del Segundo Imperio. Pero Flaubert insistió lo necesario y la escena se publicó. Tal como se temía, la censura atacó. Los fiscales argumentaron que Madame Bovary era una inaceptable glorificación del adulterio y que esas intenciones quedaban demostradas en la posición neutra que tomaba el narrador de la historia, que nunca condenaba los actos inmorales de su protagonista. Ese juicio fue un momento importante para la historia de la libertad literaria en Occidente. Al final, luego de la ardorosa defensa de un famoso abogado (a quien Flaubert dedicaría la versión final de su obra, en agradecimiento), el autor y sus editores sólo fueron amonestados. A la larga, el escritor salió ganando porque el escándalo que generó el proceso sirvió como una efectiva campaña publicitaria para la novela, que fue publicada en forma de libro unos meses después.

Acto de contrición

Luego de terminar de leerla, entusiasmado y arrepentido por mi desdén inicial, me puse a hojear la novela de nuevo, releyendo lo que antes había leído con un aburrimiento que ahora me parecía injustificable. En esa segunda pasada noté que los extremos del libro son muy parecidos. No me había dado cuenta, por ejemplo, que tanto la primera esposa de Charles como él mismo, acaban sus días enfermos del mismo mal, uno desconocido para la ciencia pero que Flaubert entendía a la perfección. Es el mismo desamor que experimenta Emma a lo largo de su historia. Pero ella, a diferencia de los demás, tiene el espantoso don de sobrevivir a su enfermedad, no para hacerse inmune a sus síntomas, sino para sufrirlos, en cada recaída, con mayor intensidad y sufrimiento que en la ocasión anterior. 


Pero todo lo que estira hasta su límite, se rompe. Y eso es lo que ocurre con el mundo de fantasía que Emma construyó y que acabó por destruir su propio mundo real.

Otrosí
  • La versión en pfd que leí, de donde proceden las referencias incluidas en este texto, puede descargarse aquí
  • Madame Bovary fue publicada en entregas en la revista La Revue de Paris en 1856 (Flaubert tenía entonces 35 años). Sobre la recepción de la obra y sus pocos defensores cuando salió a la luz cito un interesante artículo de Eduardo Berti aparecido en Página 12. Puede leerse aquí
  • Mario Vargas Llosa es uno de los más entusiastas defensores en lengua española de esta obra. le dedicó de hecho un ensayo (que no he leído aún) famoso llamado La Orgía Perpetua. Pero resume sus opiniones sobre su trascendencia en un artículo posterior que puede leerse aquí 

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