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La primera vez me lo leyeron


La primera vez que supe de Julio Ramón Ribeyro no lo leí: Me lo leyeron. Tenía 13 años y estaba en la clase de lengua con la profesora Mazuelos que arrancó (no recuerdo las circunstancias) a leernos Doblaje. La historia, que empieza con la premisa de que al otro lado de la Tierra vive alguien exactamente igual a uno mismo, me atrapó. Recuerdo -ignorante, prejuicioso- haberme sorprendido de que el autor fuese peruano, porque hasta entonces todo lo que tenía que ver con ideas geniales provenía o bien de los animes japoneses o de las películas gringas o de los libros de Julio Verne que teníamos en casa. Y cuando uno ya estaba adivinando en qué iba a terminar el viaje de ese inglés que atraviesa medio planeta para encontrarse con su doble, apareció la segunda sorpresa: El autor no me contaba el final: Me lo sugería, dejaba que yo mismo completara su cuento, permitía que yo pusiera las palabras que faltaban. Me quedé alucinado y creo que algo parecido ocurrió en el resto del salón en el debate obligado que siguió a la lectura. Ese fue el día que entendí que una buena historia puede ser aún mejor no sólo si te la cuentan con maña, con gracia, y con afecto por los personajes, sino cuando te permiten participar como cómplice del mismo autor en la construcción del relato. Riberyo hace lo mismo en muchas de sus otras historias que de esa manera se hacen tuyas e inolvidables. 

Leo que hoy se cumplen 20 años de la partida de este gran fabulador al que se hace difícil no querer. Valga la ocasión para recordarlo y releerlo.

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