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El violinista en el pasillo



Desde mi asiento junto a la ventana miro, casi sin mirar, a los que van subiendo al bus. No me fijo en quiénes son ni en cómo son, porque estoy muy concentrado peleándome conmigo mismo. Es que acaba noviembre y empieza esa involuntaria temporada de balances de fin de año. Que lo que hice, que lo que no hice, que lo que hice a medias, que por qué no lo hice así, que el proximo año sí, sin falta, que debes dejar de perder el tiempo, que así no vas a hacerte nunca millonario, que debes buscar un editor para tu libro, que no has escrito ni una línea para tu blog y todo eso. Y estoy así, dándome de alma, como cada fin de año, cuando veo un objeto curioso moviéndose en la puerta plegable del vehículo. Es el estuche de un violín. Lo carga un veinteañero melenudo que tiene encima un abrigo largo y ancho, excesivo para el calorcito que ha empezado a hacer hace unos días. Pienso que debe ser un estudiante de música, uno que está tan imbuido en su arte que vive al margen del clima, los horarios y todas esas cosas sobrevaloradas en las que nos fijamos los demás mortales. Siento, también, un poquito de nostalgia envidiosa. Me recuerdo a esa edad (¿22?) yendo por las calles con un estuche muchisimo más grande (que contenía mi teclado) esperando a que pase un bus medio vacío en el que pudiera ir, sin estorbar demasiado, a la sala de ensayo en donde me encontraría con el resto de mi banda. ¿Y este violinista a dónde irá? ¿Tendrá también una banda, un conjunto de música de cámara, un ensayo con la sinfónica? ¿O no va a nigún sitio y es un músico ambulante que piensa tocar a bordo a cambio de monedas? No lo creo. El timbre del violín es demasiado fino para la bullaza que hay en buses como este, donde se desenvuelven mejor los que suben con guitarras, zampoñas y charangos. Además, veo que paga su pasaje y los músicos ambulantes, como máximo, piden la indulgencia del chofer antes de mandarse un recital. Vuelvo a pegar mi cabeza al vidrio, para seguir recriminándome. ¿En qué estaba? Ah sí. En lo mal que me han salido varias cosas este año. Y estoy en eso cuando noto, de reojo, que el patita del violín no se ha sentado todavía. Está parado en medio del pasillo. Abre el estuche muy despacio, como si le doliera. Levanta la barbilla, acomoda bajo ella el instrumento, toma el arco, cierra el estuche haciendo malabares y mueve la boca. ¿Está diciendo algo? Sí. Habla, pero no lo parece, porque la voz le sale tenue, como si estuviera mal de la garganta o fuera esta la primera vez que se dirige a los pasajeros de un bus un viernes por la tarde. Si yo consigo distinguir sus palabras es solo porque está a tres asientos de mi sitio, pero dudo mucho que se enteren los que conversan, fuerte y claro, más atrás. Ceremonioso, anuncia que tocará algo de "música europea" y que empezará con Bach. Asu. Bach en micro. Eso es nuevo. Okey, le digo mentalmente, tienes toda mi atención, ya seguiré cuadrándome después. Quién sabe, a lo mejor es un virtuoso y vale la pena escucharlo. Pero... No. Lo que sale de su instrumento es una tonada simple, poco elaborada, casi un ejercicio estudiantil. Para colmo una de las cuerdas parece estar desafinada. Y la potencia de su melodía es incapaz de superar a la de las bocinas que se meten por las ventanas, a las risotadas que intercambian los del fondo y al barullo tembleque del motor.


Algo peor: mientras toca, abordan otros pasajeros. Como el chico ocupa todo el ancho del pasillo, los recién llegados también hacen piruetas para pasar por donde está. El sonido del instrumento es tan delicado que, quizá, piensan que un mínimo roce va a romperlo. Pero, aún esforzándose, no pueden pasar. Y se lo dicen. Y el músico, resignado, incomprendido, suspende su melodía y se hace a un lado. Luego de que todos pasan, vuelve al ataque, desde el punto exacto en el que se había quedado, aunque ahora que el bus está más lleno, se le escucha todavía menos. Cuando por fin acaba, pienso que se irá, un poco avergonzado (por sus fallos), un poco triste (por la indiferencia del público) y un poco rabioso (por la pésima acústica del local). Pero no se va. Como si nada, con su misma voz pausada y miniatura, anuncia que ahora tocará un minué de Bocherini. En ese preciso momento el autobús gira a la mala para adelantar otro vehículo. El músico pierde el equilibrio y por poco se cae con violín y todo. Duda un momento. Pienso que estará harto y que, ahora sí, se bajará en el siguiente paradero, arrepentido de su show. Pero en vez de hacerle caso a lo que pienso, camina hacia el asiento libre que está a mi lado, estratégicamente situado -recién ahora me doy cuenta- en el mero centro del autobús. Y se sienta ahí para seguir tocando...
A salvo del vaivén del bus y los empujones de los que suben, la músia resurge. Pienso que ahora lo hará mejor porque no tiene que pensar en su equilibro. He oído antes la pieza que toca y me doy cuenta de que vuelve a equivocarse. Algo pasa con los tonos graves. Debe tener un problema con la cuarta cuerda. Eso sí: Hay concha, soltura en su arco y precisión en los tiempos. Todas las notas, incluso las equivocadas, tienen la claridad y la duración que tienen que tener. Y, por la forma en que mueve la cabeza mientras sube y baja el arco, queda claro que disfruta lo que hace. No es talento lo que le falta sino, quizá, un mejor maestro o un instrumento que no pierda la afinación tan fácilmente. O quizá es un genio medio sordo que no oye todo lo que toca. O, quizá, lleva haciendo esto todo el día y el agotamiento lo obliga a equivocarse... Y así, se me ocurren un montón de excusas de esa clase, como si yo tuviera la obligación de disculparlo y de dejarlo bien ante su público porque, como toca junto a mí, soy medio responsable de su suerte.

Cuando termina, rebusco disimuladamente en mi bolsillo pues, estoy seguro, que ahora sí se irá. Pero antes de que saque la moneda, vuelve a hablar. Incansable, anuncia ahora una pieza de Rameau. Y la toca. Y se equivoca. Y termina. Y va de nuevo con la lengua y dice que ahora tocará otra de Schumann. Y la toca y se equivoca y otra vez lo mismo. El bus está más lleno y pienso que, siquiera por prudencia (su instrumento es frágil y la gente empieza a apretujarse) debería terminar ya con el concierto. Cuando acaba también esa anuncia, por fin, "una última pieza": Un huayno. Deseo entonces, de todo corazón, que se reivindique, que lo haga increíblemente bien, que el arco raspe fuerte, que marque claro el ritmo, que nos contagie de emoción a todos y que alguien, incluso, lo acompañe tarareando, porque la pieza que tocará, sin ninguna duda, será reconocida por todos los de a bordo. Pero la infame cuerda grave también destruye su Valicha. Caleta, curioso, sin que pueda darse cuenta, lo miro: Toca con los ojos entrecerrados, concentradísimo. Está metido en su música, a pesar de la incomprensión general y de sus desafinaciones. Bueno o malo, se la cree.  Porque, como en todo, cuando confías en lo que haces, no temes, no te averguenzas, solo avanzas, convencido y decidido a convencer a los demás de lo bien que haces las cosas aunque la estés cagando. Con confianza. Concha. Fe. Algo de eso debe ser. O quizá no es eso. Quizá sí alcanza a darse cuenta de sus fallas y, a pesar de ellas, persiste. Porque sabe -mejor que yo, sin duda- que el temor al ridículo es la mejor excusa que existe para no hacer lo que hay que hacer. Entonces elijo sentir la vergüenza que él no siente.

Cuando termina, abandona el asiento, pasa al frente, agradece con su vocecita la atención del respetable y empieza a avanzar por el pasillo con la palma extendida. Recibe muchas monedas. La que yo le doy no se debe, como acaso cree,  a sus talentos como músico sino a la lección que me parece que me ha dado. Luego de que se baja del carro, me vuelvo a verlo por el ventanal trasero. Porque quiero saber qué es lo que hará ahora: ¿Lanzará el violín a la vereda y lo pisoteará, furioso? Nada de eso. Imperturbable, erguido en el paradero con su abrigo incomprensible, espera desde ahí a que otro bus se acerque a recogerlo. Quizá se atreva esta vez a no pagar pasaje. Quizá allí lo espere un público entusiasta. Quizá, después del ensayo que ha hecho en nuestro carro, toque esta vez mucho mejor. Hay algo cinematográfico en la escena: El sol de la tarde está al fondo, declinante, justo detrás de él. Y el artista, a contraluz, es solo una sombra. Pero una sombra rodeada de rayos. Una sombra que brilla.

Entonces... ¿En qué estaba? me pregunto. Ah, sí: Las cosas que no hice este año, ¿no? Bueno, pero aún no acaba el año, pues. Me quedan todavía unas semanas para ponerme al día. No tendría que ser tan difícil. Solo es cuestión, me digo, de hacer las cosas, sin darles tantas vueltas, con concha, sin dudar. Total, ¿qué es lo peor que podría pasar? Equivocarme, meter la pata, desafinar un poco. Y aún en ese caso siempre tendré la posibilidad de intentarlo de nuevo, con la lección más ensayada y aprendida, para tocar mejor en el bus que venga después.



Pablo Ignacio Chacón

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