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Efectos secundarios

"No hay nanorrobots ni chips ni componente electrónico aquí adentro", me asegura la enfermera cuando se apresta a inocularme. Le creo: si estuviera mintiendo ya habría intentado venderme un paquete de megas o un plan de datos. En vez de eso, se limitó a advertirme que podría sufrir algo de fiebre, cefalea o frío intenso, cosas que la vacuna contra el covid produce en ciertos espíritus sensibles. Como yo lo soy, obediente, enrumbo a casa. Pero, cuando estoy en el camino, me entran tres llamadas y me siento como me he sentido toda la vida: estafado. Para colmo, los interlocutores —números equivocados, obviamente— me hablan en vietnamita, lo que demuestra que el chip que corre por mis venas ni siquiera es claro o movistar. Igual, no pienso reclamar. Al menos no hoy (a caballo regalado...)

Pero a las once de la mañana, entre las conversaciones telefónicas que escucho (no solo las que entran a mi chip sino las de todos mis vecinos, dependiendo de la dirección de mi mirada) detecto una de la vieja insoportable del 2C, en la que que habla de un problema con su señal de cable. Dice que se cruza, desde hace un par de horas, con las de Radiomar y Nueva Q, justo en los capítulos más interesantes de su serie de mafiosos. Cuando media hora después vienen del servicio técnico, decido salir de casa, para que nadie sospeche de mí. Caminaré despacio, para no agitarme. Iré al parque. Quizá alguien necesite wifi por ahí...
Al pasar junto a la pileta, la ropa se me llena de moneditas mojadas. Mientras refunfuño y me las quito, un repartidor me intercepta con su moto. Me pregunta, mirando su móvil y mi chompa llena de monedas de diez céntimos, si yo pedí tres pollos. Estoy a punto de mentirle: sí, yo fui. Pero me disuaden las miradas sumisas de cinco perros, que no se dónde habrán salido y que me sacan la lengua, moviendo la cola, como esperando una orden mía. La situación me inquieta y vuelvo a casa. A duras penas evito que los animales ingresen al condominio. La perrita del 1A, que me ladra siempre, pega su hocico al vidrio de la ventana al verme pasar. No trato de entender lo que ocurre, aunque recuerdo esos silbatos ultrasónicos que usaba un tío mío para llamar a sus mascotas. Como el aroma de los pollos me dio hambre, decido preparar mi almuerzo. No es fácil: tengo que comer mis huevos fritos con arroz con tenedor de plástico, pues el de metal, que se me pega a las mejillas, casi me saca un ojo (ya se imaginarán lo que sufrí con la sartén). La hostilidad de la cocina me obliga a encerrarme en mi cuarto, en donde hay, felizmente, pocos objetos imantables.

Esa tarde, echado en cama, descubro que tengo 720 canales en HD y acceso a Netflix y Disney+ . Alucino: podría darle la clave a los vecinos y dejar que se conecten gratis. A la semana, por supuesto, cambiaría la contraseña y empezaría a cobrarles como se debe. Me pregunto por el alcance de mi señal. A lo mejor podría a abastecer a toda la cuadra. Entonces podría dejar de trabajar y dedicarme, por fin, solo a escribir. Cuando la idea empieza a entusiasmarme entiendo que, si hago todo eso, ya no podría salir más de mi casa pues dejaría sin servicio a mis clientes. Suspiro. Mientras me pregunto si la tristeza será otro efecto secundario, un avión pasa sobre la casa y mi cuerpo se adhiere al techo. Me cuesta bajarme: las construcciones de cemento están llenas de fierros.

Esa noche, algo inquieto, reviso mi hombro izquierdo frente al espejo del baño, buscando el sitio exacto de la inyección. No hay herida ni hinchazón ni enrojecimiento ni nada extraño, como si el conector USB siempre hubiera estado ahí (la única molestia, mínima, es la comezón que tengo en la base de la antena).
 
Considero que lo prudente sería irme a dormir temprano. Pero me lo impiden la intensa luz que emito y la desagradable nube de polillas que he atraido. Igual, contra el cansancio nadie puede y empiezo a roncar a eso de las dos de la mañana. No se me hace fácil esa noche, pues en vez de sueños tengo programas de radio.

Cuando me despierto, a eso de las once del domingo, descubro que ya no escucho las llamadas ajenas, que ya no sintonizo radios y que el televisor, cuando lo prendo, ya no sufre interferencias. Cuando voy a la cocina a convencerme, la sartén y a las hornillas no se mueven, por más que peg mi frente contra ellas. Lo curioso es que me arde la cabeza y tengo mucho frío. Me miro al espejo. Mis ojeras son terribles. Necesito seguir durmiendo.
 
Ser normal es deprimente.

PD: De todos modos, hay premio consuelo: aunque ya han pasado cuatro días, mi celular no se descarga todavía. Algo es algo.

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