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Hacia el Janaq Pacha


 
 
La prensa dice que el maestro Colchado ha muerto hoy a los 75 años. No es cierto. Se fue de viaje, con Wayra, que lo está guiando por cerros y quebradas hacia el cruce del Marañón incendiado (la Yacumama que recorre el infinito) de donde saldrá ileso, como Rosa Cuchillo.

Pero, aún así, aunque yo sé que está vivísimo (hay gente que no puede morir), jode un poquito la idea general de que se ha ido. Admito que mi tristeza tiene algo de egoísmo. Porque me hubiera gustado tener una conversación con él. Una de verdad, No como la única que tuvimos y que fue, más o menos, así:

— Disculpe, ¿podría robarle una firma, por favor?.

Se lo dije mostrándole una edición de Cordillera Negra, que yo había leído recién, alucinado. Justo en esos días supe que daría una conferencia con Luis Nieto Degregori en Petroperú, sobre la narrativa de los años 80 y decidí asistir preparado. O al menos eso creí...

— Claro. ¿tienes lapicero?.

Diablos, no, no tengo, qué idiota (eso lo pensé, no lo dije) y tuve que pedirle prestado uno a un desconocido que acababa de acercarse a nosotros, un hombre que también quería hablar con él y que había visto, con una mueca de derrota, cómo le ganaba yo la posición. Mucha conchudez, habrá pensado ("¿encima que me atrasa, me pide ayuda?"). Pero, ¿qué sería? ¿la solidaridad de los fans? ¿tratar de quedar como buena gente ante el escritor? Ni idea. La cosa es que el desconocido me ofreció su lapicero negro. Colchado empezó a firmar. Entonces, cosa inesperada, mi benefactor me preguntó —aún no sé si con malicia o interés— cuál de los cuentos de ese libro me había gustado más. Yo me quedé en blanco. O sea, yo había leído todos los cuentos del libro y me habían gustado más este y aquél, pero, en serio, no recordaba los títulos, solo las tramas...

— pues.... ese del del asesino que usa una máscara para conquistar a la chica que lo choteaba...
— Ese cuento se llama "Dios montaña" —dijo Colchado, didáctico y salvador, pero, también, supongo, aliviado ("este atarantado sí me ha leído")

Iba a decirle, para reivindicarme, que también había leído los cuentos de La casa del cerro El Pino, Rosa Cuchillo y dos de los de la saga de Cholito. Pero mi rival, piconazo, se quedó sin cortesía y empezó a hablar con Colchado, no sé de qué y él le respondió en el acto. Yo, descubicadísimo, cabizbajo, devolví el lapicero y retrocedí, con una especie de sonrisa cumplidora. No hubo chance de que el escritor me dijera nada más.

Pero, ahora que lo pienso, Colchado me dijo muchísimas otras cosas.

No en ese momento, claro. Y sí, ya sé que eso de decir que un escritor te habla a través de sus personajes, es un cliché. Pero, en serio, él lo hace, porque, ¿han notado el tono confesional que adopta cuando usa la primera persona en sus cuentos? Es como sí tú fueras el amigo privilegiado del personaje y que te estás enterando, en ese momento, de secretos terribles que nadie más había escuchado. Esa sensación, creo, tiene que ver con que sus criaturas suelen ser tímidas, casi siempre dudan y se sorprenden de los pequeños prodigios del mundo (lo que los hace parecer tan cercanos). Aunque en los mundos del escritor ancashino abunda lo mágico y lo imposible, incluso cuando el tema de fondo es la miseria de la ciudad o la violencia política.

Pero si, aparte de lector, tú eres un escritor (cosa que pretendo), Colchado te dice incluso muchas otras cosas. A mí me pasa, sobre todo, con sus cuentos, que son clases sobre el arte de armar y desarmar historias. Solo hay que abrir bien el ojo (y el oído también) cuando lo lees. No voy a marearlos con esto, pero algunas de esas lecciones creo que son: el uso de la mitología de nuestros pueblos tradicionales como insumo literario (no solo para cuentos estrictamente fantásticos sino también para hablar de problemas de la sociedad contemporánea); su habilidad para desordenar y mezclar tiempos y voces narrativas (sin quitarle claridad a sus tramas); el uso de la oralidad, en diferentes registros (aún desordenando mucho la sintaxis, para replicar mejor el habla de los campesinos de la sierra central o el de los pescadores de Chimbote) o su falta de prejuicios —tan arraigados en nuestra provincia literaria— sobre la literatura infantil, que él también cultivó con solvencia, sin subestimar jamás a sus pequeños lectores.
En fin, que Óscar Colchado nos ha dejado tanto que casi no nos daremos cuenta de que ya no está. Como si no quisiera que lo extrañemos. Aunque sepamos bien que Intip lo ha llamado a su lado para que habite con él, dichoso, el Janaq Pacha. Que ojalá y sea tal como nos lo describió.

 
 
 
Pablo Ignacio Chacón

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