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Sir John en el Café

 

 

Temprano. Huyo del sol, me escondo en el café. Pienso en los pendientes, en mi buen ánimo inesperado. Lo urgente: corregir unos textos para la agencia de publicidad. Calculo que no me tomará más de una hora. Luego, increíblemente, libre. Quiero dedicarme a revisar un cuentito que debería cerrar antes de fin de mes. Hacer lo que, en un mundo perfecto, sería mi único trabajo. Llego y siguen las buenas noticias: mi sillón favorito está libre y disponible. Ordeno mi bebida, me instalo, tecleo rápido, reviso, envío el correo, suspiro, alivio, casi casi la felicidad. Abro mis carpetas, busco el texto de marras que tiene un inicio lamentable y que quiero salvar porque la anécdota que contiene me parece divertida. Sí, ya sé: el tiempo libre es para vivir, pero, cuando no se puede —hace semanas no se puede— hay que, por lo menos, escribir.


Garabateo, borro, garabateo, borro. Nada. No encuentro el camino. Me quedo en blanco. Soy un aparato descompuesto. Fuerzo la máquina, a la mala, lo que salga.  Y me sale, pero acartonado y hueco y huachafo. Como si la sangre se me hubiera evaporado en el camino por el sol. Pero tengo un comodín, un salvavidas en el vaso de cartón que tengo al frente. Lo normal (bueno, lo normal en mi anormalidad) es esperar a que el café se enfríe o tomármelo solo cuando se me seca el seso. Pero, ¿no es acaso lo que está ocurriendo? ¿entonces? Bebo. Aún muy caliente para mí, pero soportable. El sorbo es intencionadamente largo. Listo. Ahora, a esperar la magia. La cafeína no suele demorar más de diez minutos en tocarme y tengo horas libres por delante. Es seguro que algo bueno pasará. Asocio esa idea con otra. Una que no tiene nada que ver con mi texto, sino con algo que resuena y me divierte recordar...

Del siglo XVI, del XIX y del XXI

Aunque el aire frío del local está tomado por el chill out mediocre de siempre, se me zampa en la memoria, clarito, el tercer acto de Falstaff. El inicio. Eso de mondo ladro, rubaldo, reo mondo, que recita el protagonista, con el  subrayado trágico de las trompas y los trombones. Nada que ver con la música alocada y festiva de los dos actos previos. Es que todo ha cambiado para el personaje sinvergüenza, que aparece en escena tiritando, goteando agua helada por ambos hemisferios. Viene de flotar, aterrarorizado y panza arriba, sobre el río. Él, burlador supremo, fue humillado por el astuto cuarteto de Windsor: las chicas lo hicieron creerse bello y galán solo para convencerlo de esconderse en la canasta de la ropa sucia, donde estaban los calzoncillos y las enaguas apestosas de los Ford, solo para arrojarlo al Támesis después. Empapado, Sir John Falstaff entra en la taberna y despotrica a voz en cuello de su recién descubierto y novísimo enemigo: el mundo entero. Por tercera vez en lo que va de la obra, canta eso de va, vechio John, pero, a diferencia de las ocasiones previas, la melodía ahora está en tono menor, el ritmo es intencionadamente triste y el final del camino que describen sus versos ya no es el triunfo del fuckdaddy otoñal que él se creía, sino la humillación y la muerte. Hasta ese momento, la última ópera de Verdi había sido un encadenamiento salvaje de melodías que se superponían sin pausa. Pero esto es otra cosa. Cada tonada que quiere levantarse, se corta y muere (mismo Mahler 9). Es la forma del compositor de decirnos que Falstaff ha sido vencido y, por lo tanto, que, donde antes había espacio para el canto, ahora solo entran quejas. El personaje rememora la malicia de sus bullys, las risas que oyó desde la ventana de la casa de Ford y toda la gordofobia isabelina que ha llovido sobre él. Sin esperanza, ruega al tabernero (al que le debe un huevo de plata) que lo alivie con la única medicina que conoce: vino. Pero esta vez lo pide tibio, a tono con la gravedad del chapuzón. Lo habíamos visto, lo habíamos oído antes tan canchero y tan experto, que, escucharlo así, depre, desanima a cualquiera. Aunque no suena en los parlantes, lo tengo clarito en la cabeza. Me toca. Me toca hoy como nunca ese sir John. Pero sir John no es como yo. Él es resiliente, astuto, amoral, sus reglas son distintas (porque, claro, él es guardabosques de Diana, caballero de la sombra, favorito de la luna) y, quizá por eso mismo, es indestructible. Y el vicio es, en él, una virtud. Eso queda claro en el momento en que el posadero le trae el trago demandado. Debe ser muy barato, de la calidad peor, pero es vino, huele a vino y eso es todo lo que el pillo requiere —papá Shakespeare dixit— para reconciliarse con la vida. Entonces llega el gran momento: empina el codo, sorbe, goza. Es el turno de Papá Verdi, que torna verosímil el prodigio. Su partitura se llena de trinos, en crescendo, desaparece la melodía y todo es politonal, hipercromático. No hace falta verlo: la música le explica a cualquier tonto lo que ocurre en el torrente sanguíneo de Sir John, que abandona su estatus de despojo y estalla en do mayor: Trilla ogni fibra in cor! Y eso es lo que tengo ahorita en mente: replicar el efecto verdiano, aunque yo no esté en la Jarretera, sino en un Starbucks del Perú y aunque en mi vaso no haya vino caliente, sino un poco de agua sucia ennoblecida con palabras raras como blend, americano y venti. Bebo, bebo otro gran sorbo con la fe ciega de Sir John (Buono, ber del vino dolce...) y dejo el vaso en la mesita. Aguardo, expectante, a que haga efecto la poción. Los dedos se tensan y esperan las órdenes que ahorita llegan desde arriba. Acomodo varias veces el teclado sobre las piernas y le advierto que ya falta poco para que empiece lo bueno.

Y empieza lo bueno

Pero no en el cerebro ni en las manos, sino abajo. Retortijones. Grandes retortijones en la barriga. Y, luego, una ansiedad sin foco, lamentosa. Todo cambia, sí, pero para mal. Pienso: tengo pocos días para terminar de corregir mi cuentario y, ahora que dispongo del tiempo para hacerlo, cuando estoy en el sillón correcto, arropado por ráfagas de aire helado y una bebida olorosa y todavía tibia en la mesita, ni siquiera entonces, yo, el que siempre aspira y busca los momentos perfectos y adecuados para hacer las cosas, soy capaz de hilar decentemente un par de ideas. 

Y así se me pasa la mañana. En blanco, hueveando, con malestar estomacal y una desazón culposa que me hunde todavía más, que me exige explicaciones que no tengo por mis inconsistencias neuroquímicas. En la espera, me descubro rebuscando memes en la web, reels de bromas en el Insta y las arcadas que me causa la prensa apañadora que insiste en minizar la seguidilla de tragedias de mi patria. ¿Será eso? ¿que, en el fondo, el mood de la crisis me sigue interpelando? ¿que me siento tan culpable porque hay hermanos mucho por hacer y yo, en vez de hacer algo útil por mi país, me refugio en un café para tomar notas sobre ópera italiana? ¿será la mala noche? ¿o la depre rutinaria que me muerde cada enero por las metas incumplidas? Quiero espabilarme y no puedo. Cada cinco minutos reintento, vuelvo al procesador de texto, trato de arreglar la historia esa, pero mi corazón y mi cabeza me han dejado ahí tirado y se han ido a no sé donde. Los párrafos me salen zombis, primariosos y sin gracia. Es que ya no hay ganas de nada, ni siquiera de tenerlas. No hay rastro de Sir John ni de William ni de Giuseppe en este sillón. Peor todavía: a diferencia de Falstaff, yo no puedo culpar a nadie, no puedo decir mondo ladro e rubaldo, porque a mí nadie me ha empujado por la ventana ni se ha burlado de mi ingenuidad. Yo siempre encuentro el modo de tirarme al Támesis solito.

PS

Al filo de la una, sucede. No sé qué resortes se activan ni cómo, pero por fin las manos toman el control. En una hora rescribo por completo la primera mitad del cuento. Queda. E il trillo invade el mondo.


Palo Ignacio Chacón


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